Cual partido será el favorito para la embajada de E.E.U.U. en el 2018

 “Madame President” y su gobierno siguen haciendo de Costa Rica una plaza funcional al proyecto hegemónico continental de Washington. Y todo esto, desgraciadamente, sin que se vislumbre en el horizonte nacional una alternativa real de cambio, que permita pensar que ese rumbo podría revertirse en el corto o mediano plazo.
Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica
Los cables de la Embajada de EE.UU. en Costa Rica, difundidos por Wikileaks y el diario La Nación, han sido señalados por algunos analistas del establishment criollo y personajes de los medios de comunicación como poco novedosos o intrascendentes. Desde nuestra perspectiva, sin embargo, tienen un importantísimo valor didáctico-político para la sociedad costarricense: su publicación constituye la puesta en escena, ante todas las luces del teatro público, del entramado de relaciones e intereses que sostienen la subordinación de un Estado y su clase política ante una potencia extranjera.
Los reportes del jefe de la misión diplomática de EE.UU. en San José, Peter Brennan[1], por ejemplo, relacionados con el triunfo de la señora Laura Chinchilla en las elecciones presidenciales de 2010, no dejan lugar a la menor duda sobre el papel estratégico que desempeña hoy Costa Rica en la política exterior diseñada por Washington para la región centroamericana.
Para Brennan, la presidenta Chinchilla -“Madame President”, como la llamó en uno de los cables-, bien conocida por la Embajada puesto que “fue contratista de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional” (la USAID), era una figura clave para los asuntos económicos y de seguridad norteamericanos. Su triunfo, escribió el diplomático, “daría al gobierno de los Estados Unidos la mejor oportunidad de continuar en pos de las metas de política exterior en relación con Costa Rica” y afianzar “su papel de firme aliado estadounidense en Centroamérica”, dado que “los objetivos de la política de Chinchilla coinciden con los nuestros, y ella tiene fuertes lazos personales con Estados Unidos”.
Al menos tres hechos se pueden rescatar de estos y los otros cables publicados hasta la fecha. En primer lugar, lo que se perfila con el triunfo electoral de Chinchilla es algo más que la llegada de una mujer a la presidencia de la República: por lo demás, una conquista incuestionable y que salda una deuda histórica de la democracia costarricense. Visto en el plano mayor de las transformaciones sociopolíticas que experimenta la región desde los años 1990, el dato relevante aquí es el surgimiento de un tipo inédito de gobernante en Centroamérica: ya no son solamente personajes extraídos de las élites (pro)empresariales o de la tecnocracia local quienes acceden al poder, sino contratistas de agencias y oficinas del gobierno estadounidenses, probados en el cumplimiento de sus tareas y la promoción de los intereses y perspectivas del país del norte. ¡Todo un salto cualitativo para los grupos dominantes!
En segundo lugar, se muestra una colusión profunda de agendas y procesos al más alto nivel entre las dirigencias y élites políticas de Costa Rica y de EE.UU. que, sin constituir por sí misma una novedad, puesto que ese ha sido el tipo de relación entre ambos países desde la segunda mitad del siglo XX, sí ha conocido o experimentado una particular agresividad “diplomática” durante la última década.
Es amplio el arco de hechos y decisiones de los gobiernos costarricenses de ese período que han terminado por inscribir, entusiastamente, a nuestro país en los planes estratégicos de Washington para el área mesoamericana y del Caribe. Quien intente comprobar ese recorrido, bien puede ir de la firma del Convenio de Patrullaje Conjunto con el Servicio de Guardacostas de los EE.UU., en 1998, a la leonina reinterpretación jurídica de este convenio que, en el año 2010, permitió el ingreso de marines y buques de guerra estadounidenses a territorio nacional; o bien, del apoyo “político” del gobierno de Abel Pacheco a la invasión a Irak, en 2003, a la abierta injerencia de la Casa Blanca y sus embajadores en San José en la discusión y aprobación de TLC en 2007; y aún más, puede hacer el recorrido desde el contradictorio papel del expresidente Oscar Arias en la crisis hondureña de 2009, dándole aire y tiempo a los golpistas, hasta la inclusión de Costa Rica en la guerra contra el narcotráfico, por la vía del Plan Mérida y el más reciente Plan Centroamérica del 2011.
Finalmente, vale señalar que esa cada vez mayor coincidencia entre las políticas y objetivos de Costa Rica y EE.UU, como lo afirma Brennan, marcha en paralelo con el proceso de transformación del Estado y el modelo de desarrollo costarricense (de bienestar social, apoyado en la clase media), bajo los parámetros del ideario neoliberal, y que incide de manera decisiva en el cambio cultural de la sociedad costarricense, en términos de los estilos de vida, los patrones de consumo y la adopción de valores de la sociedad estadounidense.
El alineamiento de los gobiernos costarricenses con Washington tiene, además, inocultables consecuencias en la actual coyuntura latinoamericana. El investigador cubano Luis Suárez lo dice con acierto: “los gobiernos derechistas o “socialdemócratas” instalados en Canadá, México, Honduras (a partir de junio del 2009), Costa Rica, Panamá, Colombia, Perú y Chile, al igual que en diferentes Estados del Caribe insular y continental” participan activamente de las estrategias inteligentes desarrolladas por el gobierno de Barack Obama para “contener”, neutralizar y, donde le fue posible, derrotar (roll back) a los gobiernos reformistas, reformadores o revolucionarios, según el caso, instalados en diversos países de América Latina y el Caribe”[2].
Tal es la batalla que se libra en nuestra América en los últimos años. En ese escenario, “Madame President” y su gobierno siguen haciendo de Costa Rica una plaza funcional al proyecto hegemónico continental de Washington. Y todo esto, desgraciadamente, sin que se vislumbre en el horizonte nacional una alternativa real de cambio, que permita pensar que ese rumbo podría revertirse en el corto o mediano plazo.